El historiador venezolano Eduardo Arcila Farías se preguntaba en 1957. “¿Pero es qué sirve para algo la historia o no es sino oficio de escritores oscuros (los eruditos), tan cuidadosos de la cita y de la fecha precisa? ¿O un bello género en manos del prosista elegante más preocupado por la hermosura de la frase que por la veracidad de los hechos?[1]
